Y por último
A la mañana siguiente nos pusimos temprano a la obra, pues el traslado de aquella gran masa de oro casi una milla por tierra hasta la playa, y desde allí tres millas en bote hasta la Hispaniola, era una tarea considerable para un número tan pequeño de trabajadores.
Los tres tipos que aún andaban sueltos por la isla no nos preocupaban demasiado; un solo centinela en la ladera del cerro bastaba para ponernos a salvo de cualquier ataque por sorpresa, y además creíamos que ya habían tenido más que suficiente de peleas.
Por consiguiente, el trabajo se apresuró con energía. Gray y Ben Gunn iban y venían con el bote, mientras el resto, durante sus ausencias, amontonaba el tesoro en la playa. Dos de los lingotes, suspendidos en el extremo de un cabo, hacían una buena carga para un hombre adulto—una con la que se alegraba de caminar despacio. Por mi parte, como no servía de mucho para acarrear, me mantuvieron ocupado todo el día en la cueva, metiendo el dinero acuñado en sacos de pan.
Era una extraña colección, semejante al botín de Billy Bones por la diversidad de acuñaciones, pero mucho mayor y mucho más variada, de modo que creo que nunca experimenté mayor placer que al clasificarla. Inglesas, francesas, españolas, portuguesas, guineas de los Jorge y luises, doblones y dobles guineas, moidores y sequines, efigies de todos los reyes de Europa del último siglo, extrañas piezas orientales cuñadas con lo que parecían jirones de cuerda o trozos de tela de araña, piezas redondas y piezas cuadradas, y piezas con un agujero en el centro, como para llevarlas colgadas al cuello; casi todas las variedades de dinero del mundo debieron de encontrar cabida en aquella colección, y en cuanto a la cantidad, estoy