“Parece que tienes mucho que decir —observó Silver, escupiendo lejos en el aire—. Habla de una vez y déjame oírlo, o cállate la boca.”
—Pido perdón, señor —respondió uno de los hombres—; es usted bastante libre con algunas de las reglas, tal vez tenga la amabilidad de vigilar el resto. Esta tripulación está descontenta; a esta tripulación no le acobarda amenazar con un picaporte; esta tripulación tiene sus derechos como las demás tripulaciones, me atreveré a decir tanto; y según sus propias reglas, entiendo que podemos hablar entre nosotros. Pido perdón, señor, reconociéndole como capitán por el momento, pero reclamo mi derecho y salgo afuera para un consejo.
Y con un elaborado saludo marinero, aquel tipo, un hombre alto, de mal aspecto, ojos amarillos y unos treinta y cinco años, se encaminó con aplomo hacia la puerta y desapareció de la casa. Uno tras otro, el resto siguió su ejemplo, haciendo cada uno un saludo al pasar y añadiendo alguna disculpa. > «Según las reglas»,