—¿Por dónde, muchacho? ¿Por dónde se ha ido?
Y cuando le hube señalado la roca y le hube dicho cómo era probable que volviera el capitán, y cuán pronto, y hube respondido a algunas otras preguntas: —¡Ah —dijo él—, esto le va a saber a gloria a mi camarada Bill!
La expresión de su rostro al pronunciar estas palabras no era en absoluto agradable, y yo tenía mis propias razones para pensar que el forastero estaba equivocado, aun suponiendo que dijera lo que pensaba. Pero no era asunto mío, pensé; y, además, era difícil saber qué hacer.
El desconocido seguía rondando justo en la entrada de la posada, asomándose por la esquina como un gato al acecho de un ratón. En una ocasión salí yo mismo a la carretera, pero de inmediato me llamó y, como no obedecí con la rapidez que él deseaba, un cambio espantoso se apoderó de su rostro cetrino y me ordenó entrar con un juramento que me hizo dar un brinco. Tan pronto como hube vuelto, recuperó sus maneras de antes, entre adulador y burlón, me dio una palmada en el hombro, me dijo que era un buen muchacho y que le había caído muy en gracia. > «Tengo un hijo propio —dijo—, que se te parece como dos gotas de agua, y es todo el orgullo de mi corazón. Pero lo principal para los muchachos es la disciplina, muchacho: la disciplina. Ahora bien, si hubieras navegado al lado de Bill, no te habrían tenido que hablar dos veces para que obedecieras, vaya que no. Esa nunca fue la manera de Bill, ni la de aquellos que navegaban con él. Y aquí viene, sin duda, mi compadre Bill, con un catalejo bajo el brazo, Dios bendiga su viejo corazón, no cabe duda. Tú y yo vamos a volver al salón, muchacho, y nos pondremos detrás de la puerta, y le daremos a Bill