“Pieces of Eight”
Debido a la escora de la embarcación, los mástiles se proyectaban muy lejos sobre el agua y, desde mi atalaya en las crucetas, no tenía nada debajo de mí excepto la superficie de la bahía.
Hands, que no había subido tanto, estaba, por consiguiente, más cerca del barco y cayó entre mí y las amuras. Salió a la superficie una vez, envuelto en una espuma de baba y sangre, y luego se hundió para siempre.
A medida que el agua se calmaba, podía verlo tendido y hecho un ovillo sobre la arena limpia y brillante, a la sombra de los costados del buque. Uno o dos peces pasaron rozando su cuerpo como un látigo. A veces, por el temblor del agua, parecía moverse un poco, como si intentara levantarse. Pero estaba bien muerto, a fin de cuentas, pues había recibido un disparo y se había ahogado, y era comida para peces en el mismo lugar donde él había planeado mi matanza.
No bien hube tenido la certeza de esto, cuando comencé a sentirme mal, mareado y aterrorizado. La sangre caliente me corría por la espalda y el pecho. El puñal, con el que me había clavado el hombro al mástil, parecía arder como un hierro al rojo vivo; sin embargo, no eran tanto estos sufrimientos reales los que me afligían, pues estos, según me parecía, podía soportarlos sin una queja; era el horror que tenía en la mente de caer desde la cruz del mástil a aquella agua quieta y verde junto al cuerpo del contramaestre.
Me aferré con ambas manos hasta que me dolieron las uñas, y cerré los ojos como para apartar de mi vista el peligro.