“Yo le pongo otra a eso”, gritó el viejo marinero de cara coloroba —de nombre Morgan—, a quien había visto en la taberna de Long John, en los muelles de Bristol. “Fue él quien conoció a Perro Negro”.
—Pues bien, y miren esto —añadió el cocinero del mar—, ¡vuelvo a apostar otra cosa a que sí, jur Dios! ¡Porque fue este mismo muchacho el que le escamoteó el mapa a Billy Bones! ¡De principio a fin hemos encallado por culpa de Jim Hawkins!
—¡Pues allá va! —dijo Morgan, con una maldición.
Y se puso en pie de un salto, desenvainando el cuchillo como si tuviera veinte años.
—¡Alto ahí! —gritó Silver—. ¿Quién eres tú, Tom Morgan? A lo mejor creías que aquí el capitán eras tú, quién sabe. ¡Por los mil demonios, que te voy a enseñar yo a comportarte! Llévame la contraria y te irás adonde muchos buenos hombres han ido antes que tú, las primeras veces y las últimas, en estos últimos treinta años; ¡válgame Dios y mil rayos!, unos a la verga y otros por la borda, y