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nydus/Treasure IslandPublic
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XXXIII. La caída de un caudillo

Alzaba el brazo y la voz, y claramente tenía la intención de encabezar una carga. Pero en ese mismo instante —¡pum! ¡pum! ¡pum!—, tres fogonazos de mosquete brotaron de la espesura. Merry cayó de cabeza en la excavación; el hombre con el vendaje dio una vuelta en redondo como una perinola, y cayó cuan largo era sobre un costado, donde quedó muerto, aunque todavía convulsionándose; y los otros tres dieron media vuelta y huyeron a toda la velocidad que les daban las fuerzas.

Antes de que pudieras pestañear, Long John había descargado los dos cañones de una pistola contra el forcejeante Merry; y mientras el hombre ponía los ojos en blanco en su última agonía: —George —dijo—, creo que te he arreglado.

En el mismo momento, el doctor, Gray y Ben Gunn se reunieron con nosotros, con los mosquetes humeantes, de entre los árboles de nuez moscada.

—¡Adelante! —gritó el doctor—. A paso ligero, muchachos. Debemos adelantarnos a los botes.

Y partimos a gran paso, a veces hundiéndonos entre los arbustos hasta el pecho.

Os lo digo, pero Silver estaba deseoso de seguirnos el paso. El esfuerzo por el que pasó aquel hombre, dando saltos sobre su muleta hasta que los músculos de su pecho estaban a punto de reventar, fue un trabajo que ningún hombre sano igualó jamás; y eso mismo piensa el doctor. Tal como estaban las cosas, ya iba treinta yardas detrás de nosotros, y al borde de la asfixia, cuando llegamos a la creststa de la pendiente.

—¡Doctor —saludó—, mire ahí! ¡Sin prisa!

Claro que no había prisa. En una parte más despejada de la meseta pudimos ver a los tres supervivientes todavía corriendo en la misma

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