allí estaba Hands, ya a medio camino hacia mí, con el puñal en la mano derecha.
Ambos debimos de gritar con fuerza al cruzarse nuestras miradas, pero mientras el mío fue un grito agudo de terror, el suyo fue un rugido de furia como el de un toro envestidor. Al mismo instante se lanzó hacia adelante y yo salté hacia un lado, en dirección a la proa.
Al hacerlo solté la caña del timón, que viró bruscamente a sotavento; y creo que esto me salvó la vida, pues golpeó a Hands en el pecho y lo detuvo en seco por un momento.
Antes de que pudiera recuperarse, ya me había librado del rincón donde me tenía atrapado, con toda la cubierta para maniobrar.
Justo a proa del palo mayor me detuve, saqué una pistola del bolsillo, apunté con frialdad, aunque él ya se había vuelto y venía de nuevo directo hacia mí, y apreté el gatillo.
El martillo cayó, pero no se produjo ni destello ni sonido; la pólvora de la ceboleta era inútil por el agua de mar. Me maldije por mi descuido.
¿Por qué no habría cebado y recargado mucho antes mis únicas armas? Así no me hallaría como ahora, como una simple oveja en huida ante este carnicero.
Herido como estaba, era admirable lo rápido que podía moverse, con el cabello entrecano cayéndole sobre el rostro y la cara misma tan roja como un pabellón británico debido a la prisa y la furia. No tuve tiempo de probar mi otra pistola, ni, en verdad, muchas ganas, pues estaba seguro de que sería inútil. Una cosa vi claramente: