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nydus/Treasure IslandPublic
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XXXIII. La caída de un caudillo

Morgan encontró una moneda de oro. La levantó en medio de una catarata de juramentos. Era una pieza de dos guineas, y pasó de mano en mano entre ellos durante un cuarto de minuto.

—¡Dos guineas! —rugió Merry, agitándoselas en las narices a Silver—. ¿Esos son tus setecientos mil libras? ¡Tú sí que eres un hombre de negocios, eh! ¡Tú eres el que no fallaba nunca, pedazo de zoquete cabeza de alcornoque!

—Seguid cavando, muchachos —dijo Silver, con la más fría insolencia—; ya encontrarán algunas criadillas de tierra, y no me extrañaría.

—¡Castañas de tierra! —repitió Merry con un grrito—. ¡Muchachos, oyen eso? Les digo ahora que ese hombre de ahí lo sabía desde el principio. Mírense en la cara, y verán que está escrito ahí.

—Ah, Merry —observó Silver—, ¿aspirando a capitán otra vez? Eres un muchacho ambicioso, no cabe duda.

Pero esta vez todo el mundo estaba completamente a favor de Merry. Comenzaron a salir a tropez lanzándose de la excavación, lanzando miradas furiosas hacia atrás. Una cosa observé, que auguraba algo bueno para nosotros; todos salieron por el lado opuesto a Silver.

Bien, allí estábamos, dos de un lado, cinco del otro, el foso entre nosotros, y nadie con los suficientes pantalones como para asestar el primer golpe. Silver ni se inmutó; los miraba, muy erguido sobre su muleta, y con un aspecto tan tranquilo como jamás se lo hube visto. Era valiente, eso no se podía negar.

Por fin, Merry pareció pensar que un discurso podría arreglar las cosas.

—Muchachos —dice—, hay dos solos allí; uno es el viejo cojo que nos trajo a todos aquí y nos metió en este lío con su torpeza; el otro es ese cachorro al que pienso arrancarle el corazón. Ahora bien, muchachos—

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