—No, por vida mía, que no —convino Silver—; ni es natural, ni es bonito, dices tú. ¡Mil rayos, camaradas, pero si Flint viviera, este sería un lugar caldeado para ti y para mí! Seis eran, y seis somos; y huesos son lo que son ahora.
—Lo vi muerto con estos mismísimos apagadores —dijo Morgan—. Billy me llevó dentro. Allí estaba tendido, con monedas de a centavo en los ojos.
—Muerto—sí, a ciencia cierta que está muerto y enterrado allá abajo—dijo el sujeto con la venda—; pero si algún espíritu ha vagado alguna vez, ese sería el de Flint. ¡Válgame Dios, qué mala muerte tuvo Flint!
—¡Vaya que sí! —observó otro—; ora bramaba, ora pedía ron a gritos, ora cantaba. «Quueeince hombres» era su única canción, muchachos; y os digo la verdad, desde entonces nunca me ha gustado mucho oírla. Hacía un calor sofocante y la ventana estaba abierta, y yo oía esa vieja canción salir clarísima, tan clara... ¡y el hombre ya con el estertor de la muerte encima!
—Vaya, vaya —dijo Silver—, déjate de charla. Está muerto y no camina, eso lo sé yo; al menos no caminará de día, y de eso puedes estar seguro. La curiosidad mató al gato. ¡Adelante en busca de los doblones!
Echamos a andar, ciertamente, pero a pesar del sol ardiente y la luz del día implacable, los piratas ya no corrían separados y gritando por el bosque, sino que marchaban codo a codo y hablaban en voz baja. El terror del bucanero muerto se había apoderado de sus almas.