—¿Con quién hablas?
«Es una joven por lo de la situación, señora».
—Hágala pasar entonces. De inmediato.
—Sí, señora.
Tuppence fue introducida en una habitación situada a la derecha del largo pasillo.
Una mujer estaba de pie junto a la chimenea. Ya no estaba en su primera juventud, y la belleza que indudablemente poseía se había endurecido y aburguesado. En su juventud debió de ser deslumbrante. Su cabello rubio ceniza, que debía una ligera ayuda al arte, estaba recogido en un moño bajo en la nuca; sus ojos, de un azul eléctrico penetrante, parecía que poseían la facultad de perforar hasta el alma misma de la persona a la que estaba mirando.
Su exquisita figura se veía realzada por un maravilloso vestido de charmeuse color índigo. Y aun así, a pesar de su gracia sinuosa y de la belleza casi etérea de su rostro, uno sentía instintivamente la presencia de algo duro y amenazante, una especie de fuerza metálica que encontraba expresión en los tonos de su voz y en esa cualidad de barrena de sus ojos.
Por primera vez Tuppence sintió miedo. No le había temido a Whittington, pero aquella mujer era diferente.
Como fascinada, observó la larga y cruel línea de la boca roja y curvada, y de nuevo sintió que una sensación de pánico la invadía. Su habitual confianza en sí misma la abandonó.
Vagamente sintió que engañar a aquella mujer sería muy distinto de engañar a Whittington. La advertencia del señor Carter acudió de nuevo a su mente. Aquí, en verdad, no podía esperar ninguna piedad.