—Supongo que yo también estaba un poco desconfiado. ¡Me lo habían arrebatado una vez, y estaba decidido a no dejar ver que lo tenía hasta que un fotógrafo hubiera hecho una docena de copias!
—Todos nos guardábamos algo —dijo Tuppence pensativa—. ¡Supongo que el trabajo de los servicios secretos te vuelve así!
En la pausa que siguió, el señor Carter sacó de su bolsillo un pequeño y gastado libro marrón.
“Beresford acaba de decir que yo no habría creído culpable a sir James Peel Edgerton a menos que, por decirlo así, lo hubieran cogido con las manos en la masa. Así es.
En efecto, hasta que no hube leído las anotaciones de este pequeño libro no pude llegar a creer del todo la asombrosa verdad. Este libro pasará a poder de Scotland Yard, pero jamás será exhibido públicamente. La larga relación de sir James con la ley haría que no fuera conveniente.
Pero a vosotros, que conocéis la verdad, me propongo leeros ciertos pasajes que arrojarán algo de luz sobre la extraordinaria mentalidad de este gran hombre”.
Abrió el libro y pasó las finas páginas.
“… Es una locura conservar este libro. Lo sé. Es una prueba documental en mi contra. Pero nunca he eludido correr riesgos. Y siento una necesidad urgente de autoexpresión.
… El libro solo me lo quitarán de mi cadáver. …
… Desde muy joven me di cuenta de que tenía facultades excepcionales. Solo un necio subestima sus capacidades. Mi poder cerebral estaba muy por encima de la media. Sé que nací para triunfar. Mi aspecto era lo único que jugaba en mi contra. Era callado e insignificante, absolutamente anodino. …