Justo por encima de la estatura media, transmitía, sin embargo, la impresión de ser un hombre grande.
Su rostro, afeitado y exquisitamente móvil, estaba marcado por una expresión de poder y fuerza muy por encima de lo ordinario.
El magnetismo parecía irradiar de él.
Tuppence dudó por un momento si tomarlo por actor o por abogado, pero sus dudas se disiparon pronto cuando él le dio su nombre: Sir James Peel Edgerton.
Ella lo miró con renovado interés. Este, pues, era el famoso K.C., cuyo nombre resultaba familiar en toda Inglaterra. Había oído decir que algún día podría ser primer ministro. Se sabía que había rechazado un cargo en aras de su profesión, prefiriendo seguir siendo un simple diputado por una circunscripción escocesa.
Tuppence volvió a su despensa meditabunda. El gran hombre le había impresionado. Comprendía la agitación de Boris. Peel Edgerton no era un hombre fácil de engañar.
Al cabo de un cuarto de hora sonó el timbre, y Tuppence se dirigió al vestíbulo para acompañar al visitante a la salida. Él ya le había dedicado una mirada penetrante antes. Ahora, mientras le entregaba el sombrero y el bastón, notó que sus ojos la examinaban de arriba a abajo. Al abrir la puerta y hacerse a un lado para dejarlo salir, él se detuvo en el umbral.
—Llevas poco tiempo en esto, ¿eh?
Tuppence alzó los ojos, asombrada. Leyó en su mirada bondad, y algo más difícil de descifrar.