como Tuppence me asignaran el papel del señor Brown me hace gracia a más no poder!
—La idea no era original de ellos —dijo el señor Carter con gravedad—. Fue sugerida, y el veneno instilado con mucho cuidado, por un maestro en el arte. El suelto del periódico de Nueva York le sugirió el plan y, por medio de él, tejió una red que por poco lo atrapa a usted fatalmente.
—Nunca me gustó —dijo Julius—. Sentí desde el principio que había algo malo en él, y siempre sospeché que fue él quien hizo callar a la señora Vandemeyer de manera tan oportuna. Pero no fue hasta que supe que la orden de ejecución de Tommy llegó inmediatamente después de nuestra entrevista con él aquel domingo cuando comencé a darme cuenta de que él era el pez gordo en persona.
—Nunca lo sospeché en absoluto —se lamentó Tuppence—; siempre he creído que era mucho más lista que Tommy, pero sin duda me ha ganado con creces.
Julius estuvo de acuerdo.
—¡Tommy ha estado de lo más oportuno en este viaje! Y, en lugar de quedarse ahí sentado mudo como un pez, que ahuyente sus rubores y nos lo cuente todo.
“¡Eso es! ¡Eso es!”
—No hay nada que contar —dijo Tommy, sintiéndose sumamente incómodo—. Fui un absoluto imbécil, hasta el momento en que encontré esa fotografía de Annette y me di cuenta de que era Jane Finn. Entonces recordé con cuánta insistencia había estado gritando esa palabra, «Marguerite», y pensé en los cuadros, y... bueno, eso es todo. Luego, por supuesto, repasé todo el asunto para ver en qué momento había hecho el tonto.