Tommy se sentó silenciosamente en el escalón de la puerta y dejó pasar unos momentos mientras recuperaba el aliento.
Luego echó a andar con calma en dirección contraria. Miró su reloj. Pasaba un poco de las cinco y media. La luz del día aumentaba rápidamente.
En la esquina siguiente pasó junto a un policía. El policía le echó una mirada sospechosa. Tommy se sintió un poco ofendido.
Entonces, pasándose la mano por la cara, se echó a reír. ¡Llevaba tres días sin afeitarse ni lavarse! Qué tipo debía de parecer.
Se encaminó sin más preámbulo a un establecimiento de baños turcos que sabía que abría toda la noche.
Salió a la atareada luz del día sintiéndose de nuevo él mismo y capaz de hacer planes.
Primero de todo, necesitaba comer algo en condiciones. No había probado bocado desde el mediodía de ayer. Entró en un establecimiento de la A.B.C. y pidió huevos con bacalao y café.
Mientras comía, leyó un periódico matutino apoyado frente a él. De repente, se quedó rígido.
Había un largo artículo sobre Kramenin, a quien se describía como el «hombre detrás del bolchevismo» en Rusia, y que acababa de llegar a Londres (algunos pensaban que como enviado oficioso). Su carrera se esbozaba brevemente, y se afirmaba con rotundidad que él, y no los líderes visibles, había sido el artífice de la Revolución rusa.
En el centro de la página estaba su retrato.
—Así que ese es el número 1 —dijo Tommy con la boca llena de huevos y beicon—. No cabe duda, tengo que seguir adelante.