parado bajo la lluvia, y cualquier cosa parecía mejor que seguir sin hacer nada. Así que comencé a subir”.
“¡No fue tan fácil, ni mucho menos! La lluvia había dejado las ramas de lo más resbaladizas, y no poco me costó mantener el equilibrio, pero poco a poco lo conseguí, hasta que al fin me quedé a la altura de la ventana.
“Pero entonces me llevé una desilusión. Estaba demasiado a la izquierda. Solo podía ver el interior de la habitación de lado. Un trozo de cortina y un metro de papel pintado era todo cuanto alcanzaba a dominar.
Bueno, aquello no me servía de nada, pero justo cuando iba a darlo por perdido y a bajarme ignominiosamente, alguien se movió dentro y proyectó su sombra sobre mi pedacito de pared y, ¡caramba, era Whittington!
—Después de aquello, se me subió la sangre a la cabeza. Tenía que echar un vistazo a esa habitación como fuera. Dependía de mí averiguar cómo. Me fijé en que había una rama larga que salía del árbol en la dirección correcta. Con que lograra trepar hasta más o menos la mitad, el problema estaría resuelto. Pero era muy dudoso que fuera a aguantar mi peso. Decidí que no me quedaba más remedio que jugármela, y arranqué. Con muchísimo cuidado, pulgada a pulgada, fui gateando. La rama crujía y se balanceaba de un modo desagradable, y más valía no pensar en la caída de más abajo, pero al fin llegué sano y salvo a donde quería.
El cuarto era de tamaño mediano, amueblado de una forma más bien higiénica y despojada. Había una mesa con una lámpara encima en el centro de la habitación, y sentado a esa mesa, frente a mí, estaba Whittington en persona. Estaba hablando con una mujer vestida de enfermera de hospital. Ella estaba sentada dándome la espalda, así que no le pude ver la cara. Aunque las persianas estaban subidas, la ventana misma estaba cerrada, de modo que no pude captar ni una palabra de lo