Annette había desaparecido.
Tommy se quedó pasmado.
¿Había vuelto a subir corriendo? ¡Qué locura se había apodado de ella!
Estaba furioso de impaciencia, pero se mantuvo firme. No se iría sin ella.
Y de pronto se oyó un clamor arriba, una exclamación del alemán, y luego la voz de Annette, clara y aguda:
“¡Vaya por Dios!, ¡ha escapado! ¡Y rápidamente! ¿Quién lo hubiera pensado?”
Tommy seguía plantado en el suelo. ¿Era aquello una orden para que se fuera? Se imaginó que sí.
Y luego, aún más fuerte, las palabras flotaron hacia él:
“Esta es una casa terrible. Quiero volver con Marguerite. ¡A Marguerite! ¡A Marguerite!”
Tommy había vuelto corriendo hacia las escaleras. Ella quería que él se fuera y la dejara. ¿Pero por qué? A toda costa debía intentar sacarla de allí con él. Entonces su corazón dio un vuelco. Conrad bajaba las escaleras de un salto, soltando un grito salvaje al verle. Detrás de él venían los otros.
Tommy detuvo la embestida de Conrad con un directo de puño. Le dio en la punta de la barbilla y este cayó como un tronco.
El segundo hombre tropezó con su cuerpo y cayó. Desde más arriba en la escalera hubo un destello, y una bala rozó la oreja de Tommy. Se dio cuenta de que le vendría bien para su salud salir de esta casa lo antes posible.
En cuanto a Annette, no podía hacer nada. Se había desquitado con Conrad, lo cual era una satisfacción. El golpe había sido bueno.