“El Dr. Hall se echó a reír. —No. Bajó a ver a una de mis enfermeras, la enfermera Edith, que es sobrina suya.
—¡Vaya, quién lo iba a decir! —exclamé—. ¿Sigue todavía aquí?
—No, se volvió a la ciudad casi enseguida.
—¡Qué lástima! —exclamé—. Pero tal vez podría hablar con su sobrina, ¿enfermera Edith, dijo que se llamaba?”.
“Pero el doctor meneó la cabeza. «Me temo que eso también es imposible. La enfermera Edith se marchó con un paciente esta noche también». «Parece que tengo muy mala suerte», comenté. «¿Tiene la dirección del señor Whittington en la ciudad? Supongo que me gustaría buscarlo cuando regrese». «No sé su dirección. Puedo escribirle a la enfermera Edith para conseguirla si lo desea». Le di las gracias. «No diga quién la quiere. Me gustaría darle una pequeña sorpresa».”
“Eso era más o menos todo lo que podía hacer por el momento. Desde luego, si la muchacha era de verdad la sobrina de Whittington, tal vez fuera demasiado lista para caer en la trampa, pero valía la pena intentarlo.
Lo siguiente que hice fue redactar un telegrama para Beresford diciéndole dónde estaba, que andaba postrado con un pie esguinzado, y pidiéndole que bajara si no estaba muy ocupado. Tuve que andar con cuidado con lo que decía.
Sin embargo, no tuve noticias suyas, y el pie no tardó en ponerse bien. Solo era un torcedura, no un esguince de verdad, así que hoy me he despedidos del doctorcito aquel, le he pedido que me avise si sabía algo de la enfermera Edith, y me he vuelto directo a la ciudad.
¡Vaya, señorita Tuppence, tiene usted un aspecto de lo más pálido!”
—Es Tommy —dijo Tuppence—. ¿Qué habrá podido pasarle?