la embajada de los Estados Unidos y entrégaselo en mano al propio embajador. ¿Está claro?»
“Bastante claro”.
—Prepárate entonces; voy a despedirme. —Tomó su mano entre las suyas—. Adiós. Buena suerte —dijo en un tono más alto.
Su mano se cerró sobre el paquete de tela encerada que había estado en la palma de él.
El Lusitania se inclinó con mayor decisión hacia estribor. En respuesta a una rápida orden, la muchacha avanzó para ocupar su lugar en el bote.