—¿Qué diablos... —comenzó Tommy.
Pero la lenta e impronunciable sonrisa del silencioso Conrad heló las palabras en sus labios.
El número 14 procedió con destreza en su tarea. En otro minuto, Tommy era un simple fardo indefenso. Entonces, por fin, Conrad habló:
“¿Creíste que nos habías faroleado, eh? Con lo que sabías y lo que no sabías. ¡Negociaste con nosotros! ¡Y todo el tiempo era un farol! ¡Un farol! Sabes menos que un gatito. Pero ahora sí que se te acabó la suerte, maldito cer⸺”.
Tommy se quedó en silencio. No había nada que decir. Había fracasado. De algún modo, el omnipotente señor Brown había descubierto sus pretensiones. De repente, una idea cruzó por su mente.
—Muy buen discurso, Conrad —dijo con aprobación—. ¿Pero a qué vienen las sogas y las cadenas? ¿Por qué no dejar que este amable caballero de aquí me degüelle sin demora?
—¡Venga ya! —dijo el número 14 de manera inesperada—. ¿Te crees que somos tan pardillos como para liquidarte aquí y que la policía venga a meter las narices? ¡Y un jamón! Le hemos encargado el carruaje a su señoría para mañana por la mañana, pero mientras tanto no vamos a correr riesgos, ¿te enteras?
—Nada —dijo Tommy— podría ser más claro que tus palabras, a menos que fuera tu rostro.
—Guárdatelo —dijo el Número 14.
—Con mucho gusto —respondió Tommy—. Cometes un triste error, pero la pérdida será tuya.