“… Cuando era niño presencié un famoso juicio por asesinato. Me impresionó profundamente el poder y la elocuencia del abogado defensor. Por primera vez acaricié la idea de llevar mi talento a ese mercado en particular.
… Luego estudié al criminal en el banquillo de los acusados.
… El hombre era un tonto; había sido increíble, increíblemente estúpido. Ni siquiera la elocuencia de su abogado lograría salvarlo. Sentí un desprecio immeasurable hacia él.
… Entonces se me ocurrió que el nivel de la criminalidad era bajo. Eran los holgazanes, los fracasados, la purria general de la civilización los que terminaban cayendo en el crimen.
… Qué extraño que los hombres con cerebro nunca se hubieran dado cuenta de sus extraordinarias oportunidades.
… Jugué con la idea.
… ¡Qué campo tan magnífico, qué posibilidades tan ilimitadas! Me mareaba de solo pensarlo.
“… Leí obras especializadas sobre el crimen y los criminales. Todas confirmaban mi opinión. Degeneración, enfermedad: jamás la elección deliberada de una carrera por parte de un hombre clarividente. Luego reflexioné. ¿Y si viese colmadas mis más altas ambiciones: si me colegiaba como abogado y llegaba a la cumbre de mi profesión? ¿Y si entraba en política: digamos, incluso, que llegaba a ser primer ministro de Inglaterra? ¿Y qué? ¿Era eso el poder? ¡Atado de pies y manos a cada paso por mis colegas, encadenado por el sistema democrático del que yo no sería más que una simple figura decorativa! No: ¡el poder con el que soñaba era absoluto! ¡Un autócrata! ¡Un dictador! Y semejante poder solo podía obtenerse operando al margen de la ley. Jugar con las