Se echó hacia atrás en su silla, cruzó las piernas, juntó las puntas de los dedos y comenzó con un tono bajo y monótono:
“La diplomacia secreta (que, por cierto, ¡casi siempre es una mala política!) no les concierne. Bastará con decir que a principios de 1915 cierto documento vio la luz. Era el borrador de un acuerdo secreto —un tratado—, llámenlo como quieran. Estaba redactado y listo para ser firmado por los distintos representantes, y redactado en América, que por entonces era un país neutral. Fue enviado a Inglaterra por un mensajero especial elegido para tal fin, un muchacho llamado Danvers. Se esperaba que todo el asunto se hubiera mantenido tan en secreto que no se hubiera filtrado nada. Ese tipo de esperanza suele verse defraudada. ¡Siempre hay alguien que habla!
“Danvers zarpó hacia Inglaterra en el Lusitania. Llevaba los preciosos documentos en un envoltorio de tela impermeable que llevaba pegado a la piel. Fue en ese viaje en particular cuando el Lusitania fue torpedeado y hundido. Danvers figuraba en la lista de desaparecidos. Con el tiempo, su cuerpo apareció en la costa y fue identificado sin ningún género de dudas. ¡Pero el envoltorio impermeable había desaparecido!
“La cuestión era: ¿se lo habían arrebatado, o lo había entregado él mismo al cuidado de otra persona? Había algunos incidentes que fortalecían la posibilidad de esta última teoría. Después de que el torpedo alcanzó el barco, en los escasos momentos durante la botadura de los botes, se vio a Danvers hablando con una joven estadounidense. Nadie lo vio en realidad entregarle nada, pero bien podría haberlo hecho. Me parece muy probable que confiara los documentos a esta chica, creyendo que ella, por ser mujer, tenía mayores posibilidades de llevarlos a salvo a la orilla”.
—Pero si era así, ¿dónde estaba la muchacha y qué había hecho con los papeles? Por noticias posteriores procedentes de América, parecía probable que Danvers hubiera sido estrechamente vigilado durante la travesía. ¿Estaba