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nydus/The Secret AdversaryPublic
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VIII. Las aventuras de Tommy

No se oía ningún ruido desde abajo, y no parecía probable que el portero fuera a subir. Tras escuchar atentamente durante uno o dos minutos, asomó la cabeza por detrás de la cortina. El pasillo estaba desierto.

Tommy se inclinó y se quitó los zapatos; luego, dejándolos tras la cortina, salió con cautela en calcetines y, arrodillándose junto a la puerta cerrada, pegó con cuidado la oreja a la rendija.

Para su intensa frustración, apenas pudo distinguir nada más; tan solo alguna palabra suelta aquí y allá cuando se alzaba la voz, lo cual no hacía más que aguzar aún más su curiosidad.

Miró el pomo de la puerta con precaución. ¿Podría girarlo tan lenta e imperceptiblemente por grados que los de la habitación no notasen nada? Decidió que con mucho cuidado se podía hacer. Muy despacio, una fracción de pulgada cada vez, lo fue girando, aguantando la respiración en su extremo cuidado. Un poco más⁠—un poco más aún⁠—, ¿jamás terminaría? ¡Ah! por fin ya no giraba más.

Permaneció así un minuto o dos, luego respiró hondo y presionó un poquito hacia adentro. La puerta no se inmutó.

Tommy estaba molesto. Si tenía que usar demasiada fuerza, casi con seguridad crepitaría. Esperó a que las voces se elevaran un poco, luego lo intentó de nuevo. Aún así no pasó nada. Aumentó la presión. ¿Se habría atascado esa maldita cosa?

Por fin, desesperado, empujó con todas sus fuerzas. Pero la puerta se mantuvo firme, y al fin comprendió la verdad. Estaba echada con llave o cerrojo por dentro.

Por uno o dos momentos, la indignación de Tommy pudo más que él.

—¡Me cago en la mar! —dijo—. ¡Qué jugarreta más sucia!

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