viaje del "Beagle", y en una ocasión me pidió que mirara a través de un microscopio y describiera lo que veía. Así lo hice, y ahora creo que se trataba de las marillosas corrientes de protoplasma en alguna célula vegetal. Entonces le pregunté qué era lo que había visto; pero él me contestó: "Ese es mi pequeño secreto".
Era capaz de los actos más generosos. Ya viejo, con la salud muy deteriorada y del todo incapaz de cualquier esfuerzo, visitaba a diario (como me contó Hooker) a un viejo criado, que vivía lejos (al que él mantenía), y le leía en voz alta. Esto basta para compensar cualquier grado de tacañez o celos científicos.
Puedo mencionar aquí a otros hombres eminentes a quienes he visto ocasionalmente, pero tengo poco que decir sobre ellos que valga la pena.
Sentía una gran veneración por Sir J. Herschel, y me encantó cenar con él en su encantadora casa del cabo de Buena Esperanza y, más tarde, en su casa de Londres. Lo vi también en algunas otras ocasiones. Nunca hablaba mucho, pero cada palabra que pronunciaba merecía ser escuchada.
Una vez conocí en el desayuno, en casa de Sir R. Murchison, al ilustre Humboldt, quien me honró expresando su deseo de verme. Me decepcionó un poco el gran hombre, pero mis expectativas probablemente eran demasiado altas. No recuerdo nada con claridad acerca de nuestra entrevista, excepto que Humboldt estaba muy alegre y hablaba mucho.
—me recuerda a Buckle, a quien conocí una vez en casa de Hensleigh Wedgwood. Me alegró mucho conocer por él su método para recopilar datos. Me contó que compraba todos los libros que leía y elaboraba para cada uno un índice completo de los hechos que creía que podían serle útiles, y que siempre recordaba en qué libro había leído algo, pues su memoria era prodigiosa.