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nydus/Life and Letters of Charles Darwin, Volume IPublic
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CHAPTER 1.II. — AUTOBIOGRAPHY.

El último hombre al que mencionaré es Carlyle, a quien vi varias veces en casa de mi hermano y dos o tres veces en la mía. Su charla era muy viva e interesante, exactamente igual que sus escritos, pero a veces se prolongaba demasiado sobre el mismo tema.

Recuerdo una cena divertida en casa de mi hermano, donde, entre algunos otros, estaban Babbage y Lyell, a ambos les gustaba hablar. Carlyle, sin embargo, redujo a todos al silencio al disertar durante toda la cena sobre las ventajas del silencio. Después de la cena, Babbage, con su actitud más severa, le agradeció a Carlyle su interesantísima conferencia sobre el silencio.

Carlyle despreciaba a casi todo el mundo: un día, en mi casa, calificó la Historia de Grote de «ciénaga fétida, sin nada de espiritual». Siempre pensé, hasta que aparecieron sus Reminiscencias, que sus desprecios eran en parte bromas, pero esto ahora parece más bien dudoso.

Su expresión era la de un hombre deprimido, casi desanimado, aunque benevolente; y es bien sabido con qué ganas reía. Creo que su benevolencia era real, aunque manchada por no poca envidia.

Nadie puede dudar de su extraordinario poder para trazar retratos de cosas y hombres —mucho más vívidos, según me parece, que cualquiera trazado por Macaulay—. Si sus retratos de hombres eran verdaderos es otra cuestión.

Él ha sido todopoderoso al gravar algunas grandes verdades morales en las mentes de los hombres. Por otra parte, sus opiniones sobre la esclavitud eran repugnantes. A sus ojos, la fuerza hacía el derecho. Su mente me pareció muy estrecha; aun si se excluyen todas las ramas de la ciencia, que él desdeñaba. Me resulta asombroso que Kingsley haya hablado de él como un hombre bien preparado para hacer avanzar la ciencia. Descartó con risas burlonas

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