que estaba mal entrar durante las horas de trabajo; aun así, cuando la necesidad era grande lo hacíamos. Recuerdo su mirada paciente cuando dijo una vez: «¿No creéis que podríais no volver a entrar, me han interrumpido muy a menudo?». Solíamos temer entrar en busca de esparadrapo, porque le desagradaba ver que nos habíamos cortado, tanto por nosotros como debido a su aguda sensibilidad ante la vista de la sangre. Recuerdo muy bien rondar por el pasillo hasta que se marchaba a un lugar seguro, y luego colarme sigilosamente en busca del esparadrapo.
"La vida me parece, al recordarla, haber sido muy regular en aquellos primeros días, y aparte de los parientes (y unos pocos amigos íntimos), no creo que nadie viniera a la casa. Terminadas las lecciones, siempre teníamos libertad para ir a donde quisiéramos, y eso era principalmente en el salón y por el jardín, de modo que pasábamos muchísimo tiempo tanto con mi padre como con mi madre. Solíamos considerar maravilloso cuando nos contaba alguna historia sobre el «Beagle» o sobre sus primeros tiempos en Shrewsbury —pequeños detalles sobre la vida escolar y sus