partir de observaciones minuciosas y prolongadas. Su juicio era excelente, y toda su mente estaba bien equilibrada; pero no creo que nadie pudiera decir que poseía un gran genio original.
Era profundamente religioso, y tan ortodoxo que un día me dijo que le entristecería que se alterara una sola palabra de los Treinta y Nueve Artículos.
Sus cualidades morales eran admirables en todos los aspectos. Estaba libre de todo tinte de vanidad o de cualquier otro sentimiento mezquindad; y nunca vi a un hombre que pensara tan poco en sí mismo o en sus propios asuntos.
Su genio era inalterablemente bueno, con los modales más cautivadores y corteses; sin embargo, como he visto, podía ser despertado por cualquier mala acción hacia la más calurosa indignación y la acción inmediata.
Una vez presencié en su compañía, en las calles de Cambridge, una escena casi tan espantosa como las que pudieron presenciarse durante la Revolución Francesa. Dos ladrones de cadáveres habían sido arrestados y, mientras los conducían a prisión, una multitud de hombres rudísimos los arrebató al alguacil y los arrastró de las piernas por el camino embarrado y pedregoso. Estaban cubiertos de lodo de la cabeza a los pies, y sus rostros sangraban, ya fuera por haber recibido patadas o por las piedras; parecían cadáveres, alcancé a vislumbrar a aquellas desdichadas criaturas solo por breves instantes, pues la muchedumbre era muy densa. Jamás en mi vida he visto tal furia reflejada en el rostro de un hombre como la que mostró Henslow ante esta horrible escena. Intentó una y otra vez abrirse paso entre la