menudo por la noche, aunque estas cenas a menudo incluían a hombres de mayor categoría, y a veces bebíamos demasiado, con alegres cantos y juegos de cartas después. Sé que debería sentir vergüenza por los días y las noches pasados de esta manera, pero como algunos de mis amigos eran muy agradables, y todos estábamos de lo más animados, no puedo evitar recordar estos tiempos con mucho placer.
Pero me alegra pensar que tuve muchos otros amigos de naturaleza muy diferente. Fui muy íntimo de Whitley (el reverendo C. Whitley, canónigo honorario de Durham y antiguo lector de Filosofía Natural en la Universidad de Durham), quien después fue Senior Wrangler [1], y solíamos dar largos paseos continuamente juntos.
Él me inoculó el gusto por los cuadros y los buenos grabados, de los cuales compré algunos. Frecuentaba la Galería Fitzwilliam, y mi gusto debió de ser bastante bueno, pues ciertamente admiraba los mejores cuadros, que comentaba con el viejo conservador.
También leí con mucho interés el libro de Sir Joshua Reynolds. Este gusto, aunque no era natural en mí, duró varios años, y muchos de los cuadros de la Galería Nacional de Londres me proporcionaron un gran placer; el de Sebastiano del Piombo despertó en mí un sentimiento de sublimidad.
También me introduje en un grupo musical, creo que por mediación de mi entrañable amigo Herbert (el difunto John Maurice Herbert, juez de lo civil de Cardiff y del circuito de Monmouth), quien obtuvo la más alta graduación en matemáticas (high wrangler). Al relacionarme con estos hombres y oírles tocar, adquirí una fuerte afición por la música, y muy a menudo solía calcular mis paseos para escuchar entre