creación de los animales y las plantas dado en el Paraíso perdido, en el que Milton encarna con tanta viveza el sentido natural del Génesis. Lejos de mí decir que es falso por ser imposible. Me limito a lo que debe considerarse como una petición modesta y razonable de alguna partícula de evidencia de que las especies existentes de animales y plantas se originaron de ese modo, como condición para creer en una afirmación que me parece altamente improbable.
Y, a modo de ser perfectamente justo, tenía exactamente la misma respuesta que dar a los evolucionistas de 1851-8. Dentro de las filas de los biólogos, en aquella época, no encontré a nadie, salvo al Dr. Grant, del University College, que tuviera una sola palabra que decir a favor de la Evolución, y su defensa no estaba concebida para hacer avanzar la causa.
Fuera de estas filas, la única persona conocida por mí cuyo conocimiento y capacidad imponían respeto, y que era, al mismo tiempo, un evolucionista convencido, era el Sr. Herbert Spencer, con quien hice amistad, creo, en 1852, entablando entonces unos lazos de amistad que, me alegra pensar, no han sufrido interrupción alguna.
Fueron muchas y prolongadas las batallas que libramos sobre este tema. Pero ni siquiera la rara habilidad dialéctica de mi amigo y su copiosidad de ilustraciones oportunas pudieron desplazarme de mi postura agnóstica. Me mantuve firme sobre dos fundamentos:
- primero, que hasta entonces, las pruebas en favor de la transmutación eran totalmente insuficientes;
- y segundo, que ninguna sugerencia respecto a las causas de la transmutación supuesta, que se hubiera hecho, era de algún modo adecuada para explicar los fenómenos.
Mirando en retrospectiva el estado del conocimiento en aquella época, la verdad es que no veo que ninguna otra conclusión fuera justificable.