Pero lo que es de mayor interés general es la existencia indudable (según me parece) de otra especie de avestruz, además del Struthio rhea. Todos los gauchos e indios afirman que así es, y deposito la mayor fe en sus observaciones. Tengo la cabeza, el cuello, un trozo de piel, plumas y patas de uno de ellos. Las diferencias radican principalmente en el color de las plumas y de las escamas de las patas, en estar plumoso por debajo de las rodillas, en la nidificación y en la distribución geográfica.
Y hasta aquí lo que he hecho últimamente; el panorama que tengo ante mí está lleno de sol, buen tiempo, paisajes gloriosos, la geología de los Andes, llanuras rebosantes de restos orgánicos (que tal vez tenga la buena suerte de pillar en el preciso acto de mudarse) y, por último, un océano cuyas costas rebosan vida; de modo que, si no ocurre nada imprevisto, aguantaré el viaje, aunque, por lo que veo, este bien podría durar hasta que regresemos convertidos en un apuesto grupo de ancianos de cabellos blancos.
Tengo que agradecerle muy cordialmente el envío de los libros. Ahora estoy leyendo el «Informe» de Oxford (La segunda reunión de la Asociación Británica se celebró en Oxford en 1832; al año siguiente fue en Cambridge); toda la relación de sus actuaciones es de lo más gloriosa; usted, que permanece en Inglaterra, apenas puede imaginarse lo sumamente interesantes que encuentro los informes. Estoy seguro, por mis propias emociones estremecedoras al leerlos, de que no dejarán de tener un efecto excelente en todos aquellos que residen en colonias distantes y que tienen pocas oportunidades de ver las publicaciones periódicas.
Mi martillo ha caído con fuerza redoblada sobre los maltratados bloques; mientras pensaba en la elocuencia del presidente de Cambridge, asestaba golpes cada vez más duros. Espero dar a mis brazos fuerza para las Cordilleras. Me enviará por medio del capitán Beaufort un ejemplar del «Informe» de Cambridge.