No habló en absoluto demasiado; ni de verdad un hombre así podría hablar demasiado, siempre y cuando permitiera que los demás desviaran el curso de su conversación, y esto sí lo permitía.
Lord Stanhope me dio una vez una curiosa pequeña prueba de la exactitud y plenitud de la memoria de Macaulay: muchos historiadores solían reunirse a menudo en la casa de Lord Stanhope, y al discutir varios asuntos a veces diferían de Macaulay, y antiguamente recurrían a menudo a algún libro para ver quién tenía razón; pero últimamente, como notó Lord Stanhope, ningún historiador se tomó ya esta molestia, y lo que dijera Macaulay era definitivo.
En otra ocasión conocí en casa de Lord Stanhope, en una de sus reuniones de historiadores y otros literatos, a Motley y a Grote, entre otros.
Después del almuerzo, paseé por Chevening Park durante casi una hora con Grote, y su conversación me pareció muy interesante, además de agradarme la sencillez y la total ausencia de pretensión en sus modales.
Hace mucho tiempo cenaba de vez en cuando con el viejo conde, padre del historiador; era un hombre extraño, pero lo poco que llegué a conocerlo me gustó mucho. Era franco, afable y simpático. Tenía los rasgos muy marcados, tez morena y su ropa, cuando lo vi, era toda de color marrón. Parecía creer en todo aquello que para los demás resultaba totalmente increíble.
Un día me dijo: «¿Por qué no dejas tus pamplinas de la geología y la zoología y te pasas a las ciencias ocultas?».
El historiador, por entonces lord Mahon, pareció escandalizarse ante semejante comentario dirigido a mí, y su encantadora esposa se mostró muy divirtida.