reflexiones llevan a mi entender el sello evidente de un pensamiento maduro y de conclusiones extraídas de hechos observados por usted mismo, y no de las opiniones de la gente con la que se cruzó; y esto, sospecho, es comparativamente raro.
Su discusión sobre la esclavitud me perturbó mucho; pero, como a usted le importaría mi opinión al respecto tanto como las cenizas de esta carta, no diré nada, salvo que me causó algunas horas de insomnio de lo más incómodas. Su relato sobre la situación religiosa de los Estados me interesó particularmente; me sorprende de principio a fin su muy acertada audacia contra el clero. En su capítulo sobre la Universidad, el clero —y no el estado de la educación— es tratado con la mayor y más justa severidad, y esto me parece muy audaz, pues supongo que se podría aplastar a un viejo Don de cabeza de plomo, en calidad de tal, con más seguridad que tocarle un dedo a ese animal corporativo que es el clero.