sentimos ganas de profesar. Pero todo el tema del «dulce domum» y la alegría de ver a los amigos de uno es de lo más peligroso; indefremiblemente lo vuelve a uno muy pesado o muy alborotado. ¡Oh, hasta qué punto anhelo volver a vivir tranquilamente una vez más, sin tener cerca ni un solo objeto novedoso! Nadie puede imaginárselo hasta que ha dado vueltas por el mundo durante cinco largos años en un bergantín de diez cañones. Actualmente vivo en una pequeña casa (entre las nubes) en el centro de la isla, a tiro de piedra de la tumba de Napoleón. Sopla un vendaval con lluvia intensa y un frío espantoso; si el fantasma de Napoleón ronda su sombrío lugar de confinamiento, esta sería una noche de lo más excelente para tales espíritus errantes. Si el tiempo se digna a permitírmelo, espero conocer un poco la geología (tan a menudo descrita a medias) de la isla. Sospecho que, a diferencia de la mayoría de las islas volcánicas, su estructura es bastante compleja. Parece extraño que este pequeño centro de una creación distinta muestre, según se afirma, indicios de una elevación reciente.
El «Beagle» parte de este lugar hacia Ascensión, luego a las islas de Cabo Verde (¡qué lugares tan miserables!), a las Azores, a Plymouth, y después a casa. Ese día, el más glorioso de todos en mi vida, no llegará, sin embargo, hasta mediados de octubre. En algún momento de ese mes me veréis en Cambridge, a donde debo ir directamente para presentarme ante vos, como mi primer Lord del Almirantazgo. En el cabo de Buena Esperanza todos a bordo sufrimos una amarga decepción al perdernos cartas de nueve meses de antigüedad, que nos persiguen de un lado al otro del globo. Me atrevo a decir que entre ellas había una carta vuestra; hace tiempo que no veo vuestra letra, pero pronto os veré a vos en persona, lo cual es mucho mejor.