casa»). En el capítulo autobiográfico se exponen brevemente sus motivos para dar este paso hacia el campo. Habla de la asistencia a sociedades científicas y de los deberes sociales ordinarios como algo que convenía a su salud tan «mal que decidimos vivir en el campo, lo cual ambos preferíamos y de lo cual nunca nos hemos arrepentido». Su intención de mantenerse en contacto con la vida científica en Londres se expresa en una carta a Fox (diciembre de
"Espero que, al subir a la ciudad una noche cada quince días o tres semanas, logre mantener el contacto con hombres de ciencia y mi propio entusiasmo, y así no convertirme en un completo cerdo de Kent".
Visitas a Londres de esta índole se mantuvieron durante algunos años a costa de un gran esfuerzo por su parte. Le he oído hablar a menudo de los fatigosos trayectos en coche de diez millas hasta o desde Croydon o Sydenham —las estaciones más cercanas— con un viejo jardinero que hacía de cochero, el cual conducía con gran precaución y lentitud al subir y bajar las numerosas colinas. En años posteriores, todo trato científico regular con Londres se volvió, como se ha mencionado antes, una imposibilidad.
La elección de Down fue más bien el resultado de la desesperación que de una preferencia real; mi padre y mi madre estaban cansados de buscar casa, y los aspectos atractivos del lugar les parecieron así suficientes para contrapesar sus defectos, algo más evidentes. Tenía al menos un requisito indispensable: la tranquilidad. En verdad habría sido difícil encontrar un lugar más retirado tan cerca de Londres. En 1842, un trayecto en coche de unas veinte millas era el único medio de acceso a Down; y aun ahora que los ferrocarriles se han acercado más, está singularmente apartado del mundo, sin nada que sugiera la proximidad de Londres, a no ser la apagada bruma de humo que a veces nubla el cielo.