históricas de Shakespeare, por lo general en una vieja ventana situada en los gruesos muros de la escuela. Leí también otra poesía, como 'Las estaciones' de Thomson y los poemas publicados recientemente por Byron y Scott. Menciono esto porque más adelante en la vida perdí por completo, con gran pesar mío, todo placer por la poesía de cualquier tipo, incluido Shakespeare. En relación con el placer por la poesía, puedo añadir que en 1822 se despertó por primera vez en mi mente un vívido deleite por el paisaje, durante una excursión a caballo por las marcas de Gales, y este ha durado más que cualquier otro placer estético.
Al principio de mis años escolares, un muchacho tenía un ejemplar de las «Maravillas del mundo», que leía a menudo y sobre cuya veracidad discutía con otros muchachos; y creo que este libro me despertó por primera vez el deseo de viajar por países remotos, el cual se cumplió finalmente con el viaje del "Beagle". En la última etapa de mi época escolar me apasionó la caza con escopeta; no creo que nadie pudiera haber mostrado más celo por la causa más sagrada que el que yo puse en cazar pájaros. Qué bien recuerdo haber matado mi primera agachadiza; mi entusiasmo era tan grande que me costó mucho volver a cargar el arma debido a los temblores de mis manos. Esta afición duró mucho tiempo y llegué a ser un muy buen tirador. Cuando estaba en Cambridge, solía practicar levantando la escopeta hasta el hombro frente a un espejo para comprobar que la alzaba recta. Otro plan, y mejor, era pedirle a un amigo que agitara una vela encendida y luego dispararle con un pistón en la chimenea; si la puntería era precisa, la pequeña ráfaga de aire apagaba la vela. La detonación del pistón producía un chasquido seco, y me contaron que el tutor del colegio mayor comentó: «Qué cosa tan extraordinaria;