Si una de estas personas, en quienes el culto al azar de nuestros más remotos antepasados sobrevive de manera tan extraña, se encuentra cerca del mar cuando sopla un fuerte vendaval, que se dirija a la costa y contemple la escena.
Que observe la infinita variedad de forma y tamaño de las olas que se agitan mar adentro; o las curvas de sus rompientes coronadas de espuma, al estrellarse contra las rocas; que escuche el estruendo y el chirrido de los cantos rodados al ser arrojados y arrastrados playa abajo; o que mire los copos de espuma impulsados de aquí para allá por el viento; o que observe el juego de colores que responde a un rayo de sol al incidir sobre la miríada de burbujas. Ciertamente aquí, si en algún lugar, dirá que el azar es supremo, y doblará la rodilla como quien ha entrado en los penetrales mismos de su divinidad.
Pero el hombre de ciencia sabe que aquí, como en todas partes, se manifiesta un orden perfecto; que no hay una sola curva en las olas, ni una sola nota en el coro aullador, ni un solo destello de arco iris en una burbuja, que no sea consecuencia necesaria de las leyes establecidas de la naturaleza; y que, con un conocimiento suficiente de las condiciones, una aptitud físico-matemática competente podría explicar y, de hecho, predecir cada uno de estos acontecimientos «fortuitos».
Una segunda objeción, muy común, a las opiniones del señor Darwin era (y es) que abolen la teleología y vacían de contenido el argumento del diseño. Hace casi veinte años que me atreví a ofrecer algunas observaciones sobre este tema y, como mis argumentos aún no han recibido refutación alguna, espero que se me disculpe por reproducirlos.