Hace tiempo que me aflige y me entristece muchísimo la interminable duración del viaje (aunque jamás lo habría abandonado); pero en el preciso instante en que todo terminó, no logré hacerme la idea de regresar. No podía renunciar a todos los castillos en el aire geológicos que he estado construyendo durante los últimos dos años. Pasé una noche entera intentando pensar en el placer de volver a ver Shrewsbury, pero las áridas llanuras del Perú salieron victoriosas. Ideé el siguiente plan (sé que me van a regañar y tal vez, si lo hubiera llevado a cabo, mi padre habría enviado un mandamiento judicial en mi búsqueda): consistía en examinar las cordilleras de Chile durante este verano, y en invierno ir de puerto en puerto por la costa del Perú hasta Lima, regresando el año que viene por estas fechas a Valparaíso, cruzar la Cordillera hasta Buenos Aires y tomar un barco hacia Inglaterra. ¿No habría sido esta una gran excursión y, en dieciséis meses, habría estado con todos ustedes? Haber soportado Tierra del Fuego y no haber visto el Pacífico habría sido una miseria...
Me embarco mañana; he estado durante las últimas seis semanas en casa de Corfield. No podéis imaginar qué clase de amigo he encontrado en él. Es universalmente querido y respetado tanto por los naturales como por los extranjeros. Varias señoritas chilenas tienen la amabilidad de mostrarse muy deseosas de convertirse en las señoras de esta casa. Dile a mi padre que he cumplido mi promesa de ser extravagante en Chile. He girado una letra de 100 libras (¿no sería mejor notificarlo a los señores Robarts & Co.?); 50 libras van para el capitán para el año próximo, y 30 libras me las llevo al mar para los puertos pequeños; de modo que, bona fide, no he gastado 180 libras durante estos últimos cuatro meses. Espero no girar otra letra en seis meses. Todos