tras el asunto de Endimión), se declaró darwiniano, aunque no sin interponer una seria salvedad. No obstante, fue un baluarte, y su valiente defensa de la verdad por encima de la coherencia le honró infinitamente. Como evolucionistas, sans phrase, no recuerdo entre los biólogos a más que a Asa Gray, quien libró la batalla espléndidamente en Estados Unidos; a Hooker, que no fue menos vigoroso aquí; al actual sir John Lubbock y a mí mismo. Wallace se encontraba muy lejos, en el archipiélago malayo; pero, aparte de su participación directa en la promulgación de la teoría de la selección natural, ninguna enumeración de las influencias operantes en la época de la que hablo estaría completa sin la mención de su poderoso ensayo 'Sobre la ley que ha regulado la introducción de nuevas especies', publicado en 1855. Al leerlo de nuevo, me ha asombrado recordar cuán pequeña fue la impresión que causó.
En Francia, la influencia de Elie de Beaumont y de Flourens —de quien se dice que «se condenó a la fama eterna» al acuñar para el evolucionismo el mote de «la science moussante» (Uno recuerda el efecto de otro pequeño epigrama académico. Se dice que la llamada teoría vertebral del cráneo fue truncada en ciernes en Francia por el susurro de un académico a su vecino de que, en tal caso, la cabeza de uno era una «vertebre pensante»),— por no hablar de la mala voluntad de otros influyentes miembros del Institut, produjo durante mucho tiempo el efecto de una conspiración de silencio; y transcurrieron muchos años antes de que la Academia se librara del reproche de que el nombre de Darwin no figuraba en la lista de sus miembros. Sin embargo, un escritor consumado, al margen de las influencias académicas, M. Laugel, publicó una reseña excelente y favorable del «Origen» en la «Revue des Deux Mondes». Alemania se tomó su tiempo para reflexionar; Bronn produjo una traducción ligeramente censurada del «Origen»; y el «Kladderadatsch» gastó sus bromas sobre el origen simiesco del hombre; pero no recuerdo