El tiempo es de lo más delicioso. Ayer, tras escribirte, di un paseo un poco más allá del claro durante hora y media, y lo disfruté: el verde fresco pero oscuro de los grandes abetos escoceses, el marrón de los amentos de los viejos abedules, con sus troncos blancos, y un ribete de verde distante de los alerces conformaban una vista sumamente hermosa. Al fin me quedé dormido profundamente sobre la hierba y desperté con un coro de pájaros cantando a mi alrededor, ardillas trepando por los árboles y unos pájaros carpinteros riendo, y fue una escena tan agradable y campestre como jamás he visto, y no me importó un bledo cómo se habían formado ninguna de las bestias o de las aves.
Me senté en el salón hasta pasada la hora de cenar y luego fui a leer las conclusiones del juez presidente, y creí a Bernard (Simon Bernard fue juzgado en abril de 1858 como cómplice del atentado de Orsini contra la vida del emperador de los franceses. El veredicto fue de «no culpable».) culpable, y después leí un trozo de mi novela, que es femenina, virtuosa, clerical, filantrópica y toda esa clase de cosas, pero muy decididamente insípida. Digo femenina, porque la autora desconoce los asuntos de dinero, y no muy propia de una dama, pues hace que sus hombres digan «Mi Dama».
La señorita Craik me cae muy bien, aunque libramos algunas batallas y diferimos en todos los temas. También me gusta el húngaro; un caballero de pies a cabeza, antiguo agregado en París y luego en la caballería austríaca, y ahora un exiliado indultado, con la salud quebrantada. No parece que Kossuth le caiga en gracia, pero dice que está seguro de [que es] un patriota sincero, muy inteligente y elocuente, pero débil, sin determinación de carácter...
Ancla H2