Much le agradezco su carta del 10 de octubre, desde Célebes, recibida hace pocos días; en una empresa laboriosa, la simpatía es un aliento valioso y real. Por su carta y aún más por su artículo («Sobre la ley que ha regulado la introducción de nuevas especies», Ann. Nat. Hist., 1855) en los Annals, hace un año o más, puedo ver claramente que hemos pensado de manera muy parecida y que, hasta cierto punto, hemos llegado a conclusiones similares. Respecto al artículo en los Annals, coincido con la verdad de casi cada palabra del mismo; y me atrevo a decir que usted coincidirá conmigo en que es muy raro encontrarse de acuerdo bastante estrechamente con cualquier artículo teórico, pues es lamentable cómo cada cual extrae sus propias conclusiones a partir de los mismos hechos. Este verano se cumplirán 20 años (!) desde que abrí mi primer cuaderno de notas sobre la cuestión de cómo y de qué manera las especies y las variedades difieren unas de otras. Ahora estoy preparando mi obra para su publicación, pero encuentro el tema tan sumamente vasto que, aunque he escrito muchos capítulos, supongo que no entraré en imprenta hasta dentro de dos años. Jamás he sabido cuánto tiempo piensa permanecer en el archipiélago malayo; ojalá pudiera aprovechar la publicación de sus Viajes por allí antes de que aparezca mi obra, pues sin duda cosechará una gran recolección de hechos. Ya he actuado de acuerdo con su consejo de mantener separadas las variedades domésticas y aquellas que aparecen en estado natural; pero a veces he dudado de la sensatez de esto, por lo que me alegra verme respaldado por su opinión. Debo confesar, sin embargo, que dudo un poco de la verdad de la doctrina hoy muy frecuente de que todos nuestros animales domésticos hayan descendido de varias estirpes silvestres; aunque no dudo de que así sea en algunos casos. Pienso que hay pruebas bastante mejores sobre la esterilidad de los
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CAPÍTULO XII. — EL LIBRO INACABADO.
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