He oído decir a mi padre que el encanto de este pequeño y sencillo valle contribuyó a que decidiera instalarse en Down.
El paseo de arena fue plantado por mi padre con una variedad de árboles, como avellanos, alisos, tilos, carpes, abedules, aligustres y cornejos, y con una larga hilera de acebos a todo lo largo del lado expuesto.
En los primeros tiempos daba un número determinado de vueltas todos los días, y solía contarlas por medio de un montón de pedernales, de los cuales apartaba uno de una patada en el camino cada vez que pasaba.
En los últimos años creo que ya no se atuvo a ningún número fijo de vueltas, sino que dio tantas como fuerzas sintió tener.
El paseo de arena era nuestro patio de juego cuando éramos niños, y aquí veíamos continuamente a mientras caminaba alrededor. Le gustaba ver lo que hacíamos y siempre estaba dispuesto a simpatizar con cualquier diversión que estuviera en marcha.
Es curioso pensar cómo, con respecto al paseo de arena en relación con mi padre, mis primeros recuerdos coinciden con los últimos; esto demuestra cuán invariables han sido sus hábitos.
A veces, cuando estaba solo, se detenía o caminaba sigilosamente para observar a los animales o a los pájaros. Fue en una de estas ocasiones cuando unas ardillas jóvenes le treparon por la espalda y las piernas, mientras su madre les ladraba angustiada desde el árbol. Siempre encontraba nidos de pájaros, incluso hasta los últimos años de su vida, y nosotros, de niños, considerábamos que tenía un talento especial para ello. En sus silenciosas correrías se encontraba con las aves menos comunes, pero imagino que solía ocultármelo, cuando yo era un niño pequeño, porque advertía la angustia mental que sufría por no haber visto al lúgano, al jilguero o al pájaro que fuera.