fue una ventaja, pues llegué a entablar buena amistad con varios jóvenes aficionados a las ciencias naturales.
Uno de ellos era Ainsworth, quien después publicó sus viajes por Asiria; era un geólogo werneriano y sabía un poco de muchas materias.
El Dr. Coldstream era un joven muy diferente, circunspecto, formal, muy religioso y sumamente bondadoso; más tarde publicó algunos buenos artículos zoológicos.
Un tercer joven era Hardie, quien, según creo, habría llegado a ser un buen botánico, pero murió joven en la India.
Por último, el Dr. Grant, mayor que yo por varios años, aunque no recuerdo cómo llegué a conocerlo; publicó algunos artículos zoológicos de primera categoría, pero tras venir a Londres como profesor del University College, no volvió a hacer nada en la ciencia, un hecho que siempre me ha parecido inexplicable.
Lo conocía bien; era de maneras secas y formales, con mucho entusiasmo bajo esa corteza exterior.
Un día, cuando paseábamos juntos, prorrumpió en una gran admiración por Lamarck y sus puntos de vista sobre la evolución. Lo escuché con silencioso asombro y, hasta donde puedo juzgar, sin ningún efecto en mi mente. Yo había leído antes la Zoonomia de mi abuelo, en la que se sostienen opiniones similares, pero sin causarme ningún efecto.
Sin embargo, es probable que el haber escuchado bastante temprano en la vida la defensa y el elogio de tales puntos de vista haya favorecido que yo los sostuviera bajo una forma diferente en mi Origen de las especies. En esta época admiraba enormemente la Zoonomia; pero al leerla por segunda vez tras un intervalo de diez o quince años, me decepcionó mucho, ya que la proporción de especulación era muy grande respecto a los hechos aportados.