Lo conocido es finito, lo desconocido infinito; intelectualmente nos encontramos en un islote en medio de un océano ilimitado de inexplicabilidad.
Nuestra tarea en cada generación es ganar un poco más de tierra, añadir algo a la extensión y a la solidez de nuestras posesiones.
Y aun una ojeada superficial a la historia de las ciencias biológicas durante el último cuarto de siglo es suficiente para justificar la afirmación de que el instrumento más potente para la ampliación del reino del conocimiento natural que ha caído en manos de los hombres, desde la publicación de los Principia de Newton, es El origen de las especies de Darwin.
Fue mal recibida por la generación a la que se dirigió por primera vez, y la avalancha de disparates airados que suscitó da tristeza de pensarlo. Pero la generación actual probablemente se portará igual de mal si surgiera otro Darwin y les infligiera aquello que la generalidad de la humanidad