La pérdida de estos gustos es una pérdida de felicidad, y posiblemente sea perjudicial para el intelecto, y con mayor probabilidad para el carácter moral, al debilitar la parte emocional de nuestra
Mis libros se han vendido considerablemente en Inglaterra, han sido traducidos a muchos idiomas y han tenido varias ediciones en países extranjeros. He oído decir que el éxito de una obra en el extranjero es la mejor prueba de su valor duradero. Dugo de que esto sea del todo fiable; pero, juzgado por este criterio, mi nombre debería perdurar unos cuantos años. Por lo tanto, puede valer la pena intentar analizar las cualidades mentales y las condiciones de las que ha dependido mi éxito, aunque soy consciente de que ningún hombre puede hacerlo con exactitud.
No poseo esa gran rapidez de comprensión o agudeza que resulta tan notable en algunos hombres inteligentes, por ejemplo, Huxley. Por lo tanto, soy un mal crítico: un artículo o un libro, cuando se lee por primera vez, suele despertar mi admiración, y solo tras considerable reflexión percibo los puntos débiles.
Mi capacidad para seguir una cadena de pensamiento larga y puramente abstracta es muy limitada; y por ello nunca habría tenido éxito con la metafísica o las matemáticas.
Mi memoria es vasta, aunque imprecisa: basta para hacerme cauteloso al advertirme vagamente de que he observado o leído algo opuesto a la conclusión que estoy sacando, o por el contrario a favor de ella; y al cabo de un tiempo generalmente puedo recordar dónde buscar mi fuente. Tan pobre es mi memoria en cierto sentido, que nunca he sido capaz de retener durante más de unos pocos días una sola fecha o un verso de poesía.
Algunos de mis críticos han dicho: «¡Vaya, es un buen observador, pero no tiene capacidad de razonamiento!». No creo que esto pueda ser