Su mesa de disección era una tabla gruesa, encajada en una ventana del estudio; era más baja que una mesa corriente, de modo que no habría podido trabajar en ella de pie; pero esto, por el deseo de ahorrar fuerzas, no lo habría hecho en ningún caso.
Se sentaba a su mesa de disección en un curioso taburete bajo que había pertenecido a su padre, con un asiento giratorio sobre un eje vertical y montado sobre grandes ruedas, de modo que podía girar fácilmente de un lado a otro.
Sus herramientas habituales, etc., estaban esparcidas por la mesa, pero además de estas, una serie de bartulos se guardaba en una mesa redonda llena de cajones radiales, que giraba sobre un eje vertical y se encontraba muy cerca de su lado izquierdo, mientras estaba sentado ante su mesa del microscopio.
Los cajones estaban rotulados: «mejores herramientas», «herramientas toscas», «especímenes», «preparaciones para especímenes», etc. La peculiaridad más notable del contenido de estos cajones era el cuidado con el que se conservaban los pequeños recortes y las cosas casi inútiles; él sostenía la conocida creencia de que si uno tiraba algo, seguro que iba a necesitarlo enseguida, y así las cosas se acumulaban.
Si alguien hubiera examinado sus herramientas, etc., tiradas sobre la mesa, le habría llamado la atención un aire de sencillez, improvisación y rareza.
A su mano derecha había estantes, con una serie de otros trebejos y baratijas, vasos, platillos, latas de galletas para germinar semillas, etiquetas de zinc, platillos llenos de arena, etc., etc. Teniendo en cuenta lo ordenado y metódico que era en las cosas esenciales, resulta curioso que tolerara tantos apaños provisionales: