Se me ha acabado la paciencia con los zoólogos, no porque estén sobrecargados de trabajo, sino por su espíritu mezquino y pendenciero. Fui la otra tarde a la Sociedad Zoológica, donde los oradores se gruñían unos a otros de una manera que distaba mucho de ser propia de caballeros.
¡Gracias a Dios! Mientras permanezca en Cambridge no habrá peligro de caer en disputas tan despreciables, mientras que en Londres no veo cómo se puede evitar.
De los Naturalistas, F. Hope está fuera de Londres; a Westwood no lo he visto, así que acerca de mis insectos no sé nada. He visto al Sr. Yarrell dos veces, pero está tan evidentemente abrumado por el trabajo que resulta demasiado egoísta molestarlo con mis asuntos. Me ha invitado a cenar con la Linneana el martes, y el miércoles ceno con la Geológica, de modo que veré a todos los grandes hombres. El Sr. Bell, según tengo entendido, está tan ocupado que no hay ninguna posibilidad de que desee ejemplares de reptiles.
Se me ha olvidado mencionar al Sr. Lonsdale (William Lonsdale, 1794-1871, estuvo originalmente en el ejército y sirvió en las batallas de Salamanca y Waterloo. Tras la guerra dejó el servicio y se entregó a la ciencia. Ejerció como secretario adjunto de la Sociedad Geológica desde 1829 hasta 1842, año en que dimitió debido a su mala salud), quien me recibió con la mayor cordialidad y con quien mantuve una conversación de lo más interesante. Si no estuviera mucho más inclinado hacia la geología que hacia las otras ramas de la Historia Natural, estoy seguro de que la amabilidad del Sr. Lyell y de Lonsdale debería retenerme. No podéis imaginar nada más absolutamente bondadoso que la manera sincera y entregada en que se puso en mi lugar y pensó en qué sería lo mejor que podría hacer. Al principio era totalmente partidario de Londres frente a Cambridge, pero al fin le hice confesar que, al menos durante algún tiempo, esta última sería para mí mucho mejor. No hay