habernos dejado perplexos ante tal indagación. Mi reflexión, cuando hube dominado por primera vez la idea central del «Origen», fue: «¡Qué extraordinariamente estúpido no haber pensado en eso!». Supongo que los compañeros de Colón dijeron más o menos lo mismo cuando este hizo ponerse el huevo en pie. Los hechos de la variabilidad, de la lucha por la existencia, de la adaptación a las condiciones, eran bastante notorios; pero ninguno de nosotros había sospechado que el camino hacia el corazón del problema de las especies pasaba por ellos, hasta que Darwin y Wallace disiparon la oscuridad y la almenara del «Origen» guio a los desorientados.
Que la forma particular que la doctrina de la evolución, aplicada al mundo orgánico, adoptó en manos de Darwin resultara definitiva o no, me era indiferente. En mis primeras críticas al «Origen», me aventuré a señalar que su fundamento lógico era inseguro en tanto que los experimentos de cría selectiva no hubieran producido variedades que fuesen más o menos infértiles; y esa inseguridad subsiste hasta el día de hoy. Pero, con cualquier y toda duda crítica que mi ingenio escéptico pudiera sugerir, la hipótesis darwiniana seguía siendo incomparablemente más probable que la hipótesis de la creación. Y si ninguno de nosotros había sido capaz de discernir la importancia capital de algunos de los hechos naturales más patentes y notorios hasta que nos fueron, por así decirlo, metidos bajo las narices, ¿qué fuerza le quedaba al dilema: creación o la nada? Era obvio que, en adelante, la probabilidad de que los eslabones de la causalidad natural estuvieran ocultos a nuestros ojos miopes sería inmensamente mayor que la de que la causalidad natural fuera incapaz de producir todos los fenómenos de la naturaleza. El único curso racional para quienes no tenían otro objetivo que la consecución de la verdad era