solía decir que era seguro que un varón daba tanto trabajo como tres niñas; de modo que, bona fide, tenemos diecisiete hijos. Me pongo enfermo cada vez que pienso en las profesiones; todas parecen irremediablemente malas y, por ahora, no veo un rayo de luz. Me gustaría muchísimo hablar de esto (por cierto, mis tres pesadores de cabeza son el oro de California y de Australia, que me arruinan al hacer que mi dinero hipotecado no valga nada; los franceses viniendo por los caminos de Westerham y Sevenoaks, encerrando así a Down; y, en tercer lugar, las profesiones para mis muchachos), y me gustaría hablar sobre la educación, sobre la cual me preguntas qué estamos haciendo. Nadie puede despreciar más verdaderamente que yo la vieja y estúpida educación clásica estereotipada; pero aun así no he tenido el valor de romper las trabas. Tras muchas dudas, acabamos de enviar a nuestro hijo mayor a Rugby, donde para su edad ha sido muy bien situado... Honro, admiro y te envidio por educar a tus muchachos en casa. ¿Qué diablos harás con tus muchachos? Hacia finales de este mes iremos a ver a W. a Rugby, y desde allí durante cinco o seis días a lo de Susan (Su hermana.) en Shrewsbury; luego regreso a casa para ocuparme de los bebés, y E. va a lo de F. Wedgwood, de Etruria, por una semana. Muchísimas gracias por tu amabilísima y generosa invitación a Delamere, pero me temo que difícilmente podamos lograrlo. Me temo ir a cualquier parte, debido a que mi estómago falla con tanta facilidad ante cualquier emoción. Rara vez voy a Londres incluso ahora; no es que esté peor en absoluto, tal vez un poco mejor, y llevo una vida muy cómoda con mis tres horas de trabajo diario, pero es la vida de un ermitaño. Mis noches son SIEMPRE malas, y eso me impide llegar a ser vigoroso. Preguntas por la cura de agua. Tomo a intervalos de dos o tres meses, cinco o seis semanas de tratamiento MODERADAMENTE severo, y siempre con buen efecto. Ven aquí, te lo ruego y suplico siempre que encuentres
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CAPÍTULO IX. — LA VIDA EN DOWN.
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