Si en aquel entonces me hubieran dicho que algún día recibiría tal honor, declaro que me habría parecido tan ridículo e improbable como si me hubieran dicho que me elegirían Rey de Inglaterra.
Durante mi segundo año en Edimburgo asistí a las conferencias de — sobre Geología y Zoología, pero eran increíblemente aburridas. El único efecto que produjeron en mí fue la determinación de no leer jamás, mientras viviera, un libro de Geología, ni estudiar de ningún modo esta ciencia.
Sin embargo, estoy seguro de que estaba preparado para un tratamiento filosófico del tema; pues un viejo, el señor Cotton, de Shropshire, que sabía bastante sobre rocas, me había señalado dos o tres años antes un conocido y gran bloque errático en la ciudad de Shrewsbury, llamado la «piedra de la campana»; me dijo que no había ninguna roca del mismo tipo más cerca que en Cumberland o Escocia, y me aseguró solemnemente que el mundo llegaría a su fin antes de que alguien fuera capaz de explicar cómo había llegado esa piedra al lugar donde ahora yacía.
Esto me causó una profunda impresión, y medité sobre aquella piedra maravillosa. Así que sentí un gozo intensísimo cuando le por primera vez acerca de la acción de los icebergs en el transporte de bloques erráticos, y me regocijé con el progreso de la Geología.
Igualmente llamativo es el hecho de que yo, a pesar de tener ahora solo sesenta y siete años, le escuchara al profesor, en una clase práctica de campo en Salisbury Craigs, disertando sobre un dique trapezoide, con márgenes amigdaloides y los estratos endurecidos a cada lado, con rocas volcánicas a nuestro alrededor, decir que era una fisura rellena de sedimentos desde arriba, y añadir con una mueca de burla que había hombres que sostenían que había sido inyectado desde abajo en estado fundido.