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nydus/The NecromancersPublic
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I

Había venido allí, se dijo a sí misma, para triunfar, para regodearse. ¡Oh!, no se perdonaba nada, mientras permanecía allí, encendida de vergüenza, para regodearse sobre la tumba de una rival. Amy no era nada menos que eso, y ella misma —ella, Margaret Marie Deronnais— había cediao a los celos de esta hija de tendero, porque... porque... había empezado a importarle, a importarle de verdad, el hombre al que le había escrito esa carta esta mañana, y este hombre apenas le había dirigido una palabra, o le había regalado una mirada, más allá de las que un hermano podría dedicarle a una hermana. Ahí estaba la pura y dura verdad.

Su mente huyó hacia atrás. Comprendía cien cosas ahora. Percibía que aquel repentino enfado en el desayuno había sido una decepción personal⁠—en absoluto ese noble desinterés en favor de la madre que había fingido. Comprendía también, ahora, el significado de aquellas largas y satisfechas meditaciones mientras recorría arriba y abajo los senderos del jardín, atenta a los llantenes, el significado del celo que había demostrado, hacía apenas una semana, en favor de cierto avellano que el jardinero quería cortar.

—Más te valdría esperar a que el señor Laurence vuelva —había dicho ella—. Creo que una vez dijo que le gustaba que el árbol estuviera justo ahí.

Comprendía ahora por qué había sido tan intuitiva, tan condenatoria, tan crítica con el muchacho: era que le interesaba apasionadamente, que le producía placer incluso insultarlo mentalmente, llamarlo egoísta y egocéntrico, que toda esa desaprobación altanera era tan solo el sedativo que su subconsciente había utilizado para aquietar su inquietud.

Pequeñas escenas surgieron ante ella —todas transcurridas casi en un abrir y cerrar de ojos— mientras estaba de pie con la mano en el picaporte de aspecto medieval de la verja, y se vio a sí misma en todas ellas como una farsante orgullosa, poco recatada y farisea, enamorada de un hombre que no estaba enamorado de ella.

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