Laurie estaba sentado en su habitación después de desayunar, cargando pensativo su pipa de brezo y contemplando su viaje a Stantons.
Han pasado ya más de seis semanas desde su experiencia en Queen’s Gate, y había atravesado por una variedad de emociones. El terror desconcertado fue la primera, un interés nervioso la segunda, un escepticismo truculento la tercera; y últimamente, para su asombro, el interés nervioso había comenzado a reavivarse.
Al principio se había visto invadido por un miedo irracional. Había caminado de vuelta hasta la verja del parque, sabiendo apenas adónde iba, consciente tan solo de que debía estar en compañía de sus semejantes; al encontrarse en el lado sur de Hyde Park Corner, donde los transeúntes escaseaban, había cruzado con nerviosa prisa hacia un lugar donde pudiera codearse con seres humanos. Luego había cenado en un restaurante, sabiendo que allí tocaría una orquesta, y se había bebido una botella de champaña; había regresado a sus habitaciones, animado y excitado, y se había metido en la cama de un salto por miedo a que su valor se evaporara. Pues era perfectamente consciente de que el miedo, y una repugnancia nauseabunda, constituían una parte muy importante de sus emociones. Durante casi dos horas, a menos que tres personas hubiesen mentido con absoluta perfección, él —su ser esencial, ese yo insomne que subyace a todo— se había hallado en extraña compañía, había quedado identificado de algún modo horrible con el alma de una persona muerta. Era como si le hubiesen comunicado una mañana que había dormido toda la noche con un cadáver bajo la cama. Se despertó media docena de veces aquella noche en el agradable dormitorio con cortinas, y cada vez con el terror instalado en él. ¿Y si las historias eran ciertas y esta Cosa todavía rondaba por el aire? Le llamó la atención, pensó más tarde, que la señal que había exigido no hubiera surtido el efecto que esperaba. No se sentía en absoluto tranquilizado por ella.